Días de universidad

Creo que nunca había empezado tan pronto las clases.  Es una época muy difusa en mi mente,  porque de todos los comienzos en la universidad, apenas me acuerdo de algunos, por no decir ninguno.

Cerveza en la universidad. Foto de G. de la Cruz

Tampoco ayuda el hecho de que prácticamente no haya tenido vacaciones, pero ojo, no me quejo por ello, que eso ha sido una elección mía.  Pero da igual cuál haya sido la situación, la tuya, la mía, o la suya. Llega, inevitablemente, el primer día de clase. Y el segundo. Y todos esos momentos tan lógicos como absurdos. Hay  encontronazos en los pasillos, gente agolpándose en la entrada de la cafetería, y un montón de situaciones donde se suceden todas esas preguntas de: “¿qué tal las vacaciones?” “¿A dónde has viajado?” “¿Qué has estado haciendo?”. Preguntas de cortesía que contestas con cierto entusiasmo, y verdadero interés.

Esta es la época en la que se mezcla el optimismo con el pesimismo a partes iguales. Las conversaciones giran todavía en torno al verano, mientras todavía dura el bronceado de aquellos que se han tostado en las playas. Algunas ausencias indican la negación del comienzo de la rutina, aunque luego eso se paga con mucho más trabajo.  Y entonces, tras tres o cuatro días de clase, ya empieza a notarse  que el cansancio se va a apoderando de nuestros mentes a medida que las presentaciones van pasando, y dan lugar a las clases de pura teoría que no hacen ninguna gracia. Y como el mal de muchos es el consuelo de los tontos, más de uno acabamos en la cafetería quejándonos ya de las clases,  que resulta ser una rutina que da menos pereza que la de ponerse manos a la obra a trabajar.

Así que después del primer día de clases, llega el segundo. Y el tercero, y el cuarto. Hasta que abrimos los ojos y nos damos cuenta de que el verano ya se terminó.

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