El Riojano, un salón de té de toda la vida

Hoy ha sido un día de ideas luminosas. Está demostrado que cuanto menos planeas un día, mejor sale. El caso es que hacía mucho que no disfrutaba tanto de una merienda, y no solo por la compañía, que ya sabemos que eso es importante.

Salón de té El Riojano. Foto de G. de la Cruz

Vamos al lío, que estáis aquí para saber de “El Riojano“. Aunque el nombre puede sonar mucho más a taberna, nada más lejos de la realidad. Es uno de esos sitios clásicos, por el que seguramente habrás pasado, más de una vez, pero nunca te has animado a entrar. De hecho, yo lo conocí porque hace un tiempo, trabajaba a dos minutos de ahí, y cuando quería animarme, me compraba una de sus maravillosas palmeras de chocolate. Hasta ahora, nunca había pasado al salón de té.

La estética es muy clásica, algo recargada, sin llegar a ser barroca. La decoración destaca por ser dorada, de un tono muy viejo, y con elementos que son de lo más curiosos, (como los dragones de las estanterías), y que hacen de este sitio, un lugar encantador donde pasar la tarde. La dependienta de la pastelería es muy amable, lo que es de agradecer, y te anima a que pases al salón, que me recuerda mucho a la chocolatería Valor, por el ambiente, y por la decoración.

Salón de té El Riojano. Foto de G. de la Cruz

La comida, abrumadoramente deliciosa. No sé qué tal estarán los productos salados, pero estando en esta confitería, que lleva ahí desde 1855, hay que decantarse por lo dulce. Probamos una tarta Sacher y una Selva Negra, con unos capuchinos. Solo de volver a pensar en ello se me hace la boca agua, en serio. Es el ideal de la tarta en sí. Las porciones son adecuadas, nada de esas ridiculeces minimalistas “para que disfrutes del sabor”. Era una tarta individual perfecta.

El servicio al cliente fue bastante bueno, aunque hay que decir que tampoco había mucha gente. Es de agradecer, eso sí, que no te metan prisa, y que puedas estar comiendo con calma, intentando tomarte tu tiempo, si lo necesitas. En cuanto al precio, digamos que es lo habitual en esta zona de Madrid, pero también es cierto que la calidad es alta, por lo que yo por esa merienda pagué gustosamente. Claro está que hay sitios más baratos, pero la experiencia ha merecido la pena. Yo vuelvo, eso seguro.

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