¿Qué es el “slowlife”?

El término “slowlife” es algo que se está escuchando cada vez más, y por todas partes. Aunque muchos lo están pintando como una moda, nada más lejos de la realidad: es algo que lleva existiendo desde hace muchísimo tiempo. Es una forma de vivir la vida. Ya os digo, no es nada nuevo: de hecho, tenemos un refrán que lo define a la perfección:“sin prisa, pero sin pausa”.  Aunque muchos adoptan sus principios de forma innata e instintiva, la verdad es que la gente de ciudad solemos tener un ritmo bastante nervioso, y llegado un punto, incluso dañino para nosotros mismos.

No quiero enrollarme mucho explicando lo que es, porque lo tenéis muy bien explicado aquí, en este enlace. Pero para resumir: a veces, es necesario relajarse, y tomarse la vida de una forma más relajada. En el enlace que os dejo, también hay algunos libros, referencias y consejos que os pueden servir, aunque ya os digo, todo es bastante lógico, y casi instintivo.

El slowlife implica tomarse con calma la vida, disfrutando cada momento, y de cada minuto. No significa pasar de todo, sino tomarse su tiempo para que el día merezca la pena.

Al parecer, todo empezó con el slowfood, que implicaba tener más conciencia de la comida. En realidad está todo relacionado, porque se intenta rechazar la comida rápida. Esto conlleva muchas más cosas de las que se ven a simple vista: por ejemplo, se intenta promover una alimentación más relajada, y por tanto, una mejor digestión. No solo eso, sino que se favorecen, además, los platos preparados con alimentos de producción local. Si lo piensas, la actitud se va aplicando a todos los demás aspectos de la vida: Ahora se prima la fabricación artesanal, lo que está hecho a mano, y lo que es diferente e incluso personalizado.

Aunque soy partidaria de todos estos conceptos, también reconozco que disfruto de los beneficios de un mundo globalizado. Peor como toda filosofía de vida, en vez de seguir todo al pie de la letra, lo mejor que podemos hacer es adaptarla a nuestra propia manera de vivir.

IMG_20151017_130049Una experiencia propia

Siempre he sido una persona que se regía por el tiempo. Desde hacía mucho coleccionaba relojes de pulsera, siempre he sido puntual, y valoraba mucho cada minuto de mi día a día. En teoría, no era un problema; el problema llegó cuando las horas y los minutos del día no me alcanzaban para todo: empecé a llegar tarde a todas partes, dormía muy poco, y siempre tenía cosas que hacer.

Y como ocurre en este tipo de situaciones, llegué a mi límite, y todo estalló en una maraña de apuntes, listas de todo lo pendiente que tenía por hacer, y sobre todo, fechas de entrega. Entonces, empecé a pensar que por el camino, mi concepto del tiempo había cambiado. Era ya una necesidad, pero no me aportaba nada. Es decir, me estresaba cuando me faltaba, y el que tenía no lo aprovechaba bien.

Mi situación era insostenible: dormía cuatro o cinco horas, y eso tenía consecuencias: noté cómo me costaba más estudiar y memorizar, siempre estaba cansada, y con mal humor. Si a eso se le añadía otras situaciones como problemas familiares y más carga de trabajo, el estrés que tenía que soportar, era algo que me superaba.

Decidí entonces someterme a la lógica: a tomarme las cosas con calma. Primero, empecé a dormir las horas necesarias para que mi cuerpo se recuperara. A día de hoy, todavía me estoy acostumbrando, pues solía dormir entre cuatro y cinco horas, lo que hacía que necesitara una siesta que no podía echarme. Así que empecé a despreocuparme por el resto de cosas, y primar las horas de sueño. Porque queridos, esto es así: no puedes ver la belleza de lo cotidiano si no tienes los ojos abiertos. Y para tenerlos abiertos, hay que estar despierto.

¿Y después? Tocaba adoptar un estilo de vida más calmado. Al dormir las horas necesarias, me despierto a la primera (nada de poner “cinco minutos más”). Preparo con tranquilidad el desayuno, e intento salir de casa antes, para ir andando un poco más, mientras disfruto de las primeras horas de sol.

¿Cómo es posible que así tenga más tiempo? Pues porque si uno se relaja, se puede hacer las cosas bien a la primera. Esto no siempre se da, claro, pero es cuestión de paciencia. Al principio, tuve que primar mis horas de sueño sobre otras obligaciones, pero a medida que mi cuerpo ya se va adaptando a esta rutina más tranquila, puedo ir organizando mejor mi tiempo. Puedes creer que el slowlife no es algo para urbanitas, pero créeme cuando te digo que sí que es compatible con el ritmo de ciudad, e incluso a veces, es más que necesario.

Por eso, junto a este post, estreno un logo nuevo, y poco a poco, llenaré esta nueva sección de todo eso que podemos considerar acorde al slowlife. 

[**La imagen de slowlife está hecha gracias a los freebies de la asombrosa página Angie Makes: flores y fondo ]

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